Consultas realizadas

La Revolución Verde

CARACTERÍSTICAS DE LA REVOLUCIÓN VERDE.  CONSECUENCIAS DEL USO DEL PAQUETE TECNOLÓGICO 
Ing. Agr. Raquel Barg Venturini - Ing. Agr. Fernando Queirós Armand Ugón


La agricultura convencional, basada en la química, la mecánica y la genética comienza a consolidarse a principios del siglo XX, a partir de una serie de descubrimientos científicos como los fertilizantes químicos, la selección de plantas de alta producción y el desarrollo de los motores de combustión. Hasta ese momento la fertilidad de los suelos se mantenía mediante la rotación de cultivos y se integraban la producción animal y vegetal. La introducción de fertilizantes químicos y posteriormente los agrotóxicos en forma masiva, la utilización de híbridos de alto rendimiento, la mecanización de la agricultura permitieron intensificar los sistemas productivos, abandonar los sistemas de rotación y pasar al monocultivo y así separar la producción animal y vegetal (Gómez, 2000).  

En la primera mitad del siglo XX se generan grandes cambios en la industria química. ¿Cómo surgió y proliferó la agroquímica?  Es interesante notar que la misma no se desarrolló por presión de la agricultura, sino que la gran industria agroquímica, que impone su paradigma a la agricultura tradicional es el resultado de las dos grandes guerras mundiales, 1914 – 1918 y 1939 – 1945.

La primera guerra dio origen a los abonos nitrogenados solubles. Alemania, aislada por el bloqueo de los aliados, no podía acceder al salitre de Chile, necesario para la fabricación de explosivos a gran escala. Se vio entonces obligada a fijar el nitrógeno del aire por el proceso Haber-Bosch para sintetizar amoníaco. Después de la guerra las grandes instalaciones de síntesis de amoníaco llevaron a la industria química a buscar nuevos mercados. La agricultura se presentó como el mercado ideal. Actualmente este producto se conoce como Urea y otras formulaciones nitrogenadas. 

Al terminar la segunda guerra mundial, la agricultura surge nuevamente como mercado para innovaciones que aparecieron con intenciones destructivas. Principios químicos que se crearon para ser aplicados desde un avión para destruir las cosechas del enemigo,  posteriormente se utilizaron como herbicidas en la agricultura, por ejemplo: el 2-4 D, el 2-4-5 T,  el MCPA y otros. El DDT, que fue usado para matar insectos surgió en la guerra. Las tropas americanas en el Pacífico sufrían mucho de malaria. El DDT, conocido desde antes,  pasó a ser producido en gran escala y usado sin ningún tipo de restricción: se aplicaba desde un avión a grandes extensiones y se trataba a las personas con gruesas nubes de DDT. Después de la guerra,  nuevamente, la agricultura sirvió para canalizar las enormes cantidades almacenadas y para mantener las grandes capacidades de producción que habían sido montadas. 

Las décadas del 50 y del 60 fueron períodos en los que se produjeron los mayores cambios recientes en la historia agrícola, conocido como Revolución Verde. La revolución verde significó internacionalizar el “modelo exitoso” en el Primer Mundo, implantando “paquetes tecnológicos” (conjunto de prácticas agrícolas) de tipo intensivo. En los países como el nuestro, estas prácticas fueron impulsadas por los gobiernos, la gran mayoría de la comunidad agronómica y las empresas productoras de insumos. 

En 1963, la FAO, realiza el Congreso Mundial de la Alimentación y a raíz del mismo, decide impulsar un plan de desarrollo agrario a nivel mundial (el  World Plan for Agricultural Development). La necesidad creciente de alimentos causada por el aumento de la población mundial, fue la justificación para esta búsqueda de incrementos de productividad agraria, que recibió el apoyo entre otros, de las fundaciones Ford y Rockefeller. El programa alentaba a los países a transformar su agricultura y adoptar el modelo de monocultivos dependientes de fertilizantes químicos y agrotóxicos, con el fin declarado de incrementar los rendimientos y la rentabilidad agrícola. 

Para ello se procedió al desarrollo de semillas de “variedades de alto rendimiento”, sobre todo de trigo, maíz y arroz, como resultado del trabajo del Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CIMMYT) de Méjico y el International Rice Research Institute (IRRI) de Filipinas. Se trataba de plantas de tallo corto que resistían mejor el viento y cuyo crecimiento rápido permitía hasta tres cosechas al año. Sin embargo, su cultivo implica la utilización  de grandes cantidades de fertilizantes y agrotóxicos, la utilización de sistemas de  riego y tiene entre otras consecuencias la desaparición de las variedades locales adaptadas (estrechamiento de la base genética de los cultivos) y la cultura asociada a ellas. Todas estas transformaciones llevan a una agricultura de gran escala. 

La Revolución Verde no solo significó el  cambio de una variedad por otra, sino la supresión de todo un conocimiento acumulado durante milenios.

Se calcula que en 1980 el 27% de las semillas en el conjunto de países en desarrollo correspondían a estas variedades, pero mientras en América Latina ese porcentaje era del 44%, en África era sólo del 9%. 

El padre de la Revolución Verde fue el profesor Norman Borlaug que en 1970 recibió el premio Nobel de la Paz y en esa ocasión dijo: “el componente esencial de la justicia social es adecuar el alimento a la humanidad. Si se desea  paz hay que cultivar la justicia, pero al mismo tiempo hay que cultivar los campos para que produzcan más trigo.”

El término “Revolución Verde” fue acuñado en 1968 por el Dr William Gaud, administrador de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), para referirse al incremento sorprendente y repentino de la producción de trigo y arroz que ocurrió en varios países en vías de desarrollo a mediados de los años 60. 

En el año 2007, se decía el mismo discurso de 40 años atrás; el director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), llamó a apoyar una segunda Revolución Verde para alimentar a la población del mundo cada vez más numerosa, que pasará de seis a nueve mil millones de personas, a pesar de todas las consecuencias, ambientales, económicas, culturales y en la salud,  que trajo aparejado la aplicación de este paquete tecnológico.

La agricultura que aplica el paquete tecnológico impulsado por la Revolución Verde se denomina actualmente agricultura convencional, diferenciándose de la agricultura tradicional (anterior a la misma). 

La Revolución Verde de las décadas del 50 - 60, subordinó la agricultura al capital industrial y eliminó métodos tradicionales de manejo ecológico de suelo, manejo de la materia orgánica, abonos verdes, cobertura  permanente de suelo, barbechos, control biológico de plagas, variedades adaptadas  a cada condición de suelo y clima. Estas prácticas sustentaban los sistemas productivos y alimentaban a la población hasta la aparición del “nuevo” paquete tecnológico en donde fueron sustituidas y consideradas atrasadas e inviables. 

La Revolución Verde convierte a la agricultura en petro-dependiente. Si observamos un predio que practica agricultura convencional en la actualidad, podemos afirmar que gran parte de los elementos utilizados en el proceso productivo son dependientes del petróleo o se utiliza éste para su fabricación. La maquinaria (tractores, cosechadoras, equipos para fumigación), combustibles, lubricantes, neumáticos, el nylon utilizado para protección de silos, invernáculos, suelo, fardos, todos derivados del petróleo. También utilizan petróleo los medios de transporte de los productos finales y de los insumos (camiones, camionetas, aviones,  barcos), los agrotóxicos (insecticidas, funguicidas, herbicidas), los envases de los agrotóxicos, los fertilizantes nitrogenados en general. Sin el petróleo sería imposible pensar en un funcionamiento “normal” de un predio. Podemos afirmar que la agricultura convencional es ineficiente e insustentable desde el punto de vista energético, ya que se requiere mucho petróleo para producir un kilo de producto (trigo, maíz, papa, leche, carne). Cabe agregar que la degradación progresiva de los recursos naturales involucrados, lleva al uso creciente  de insumos externos al predio, para lograr rendimientos similares. Por tanto, la ineficiencia energética es creciente y cada vez más costosa. Este tipo de agricultura utiliza mucho más energía de la que genera: de 9 a 11 calorías energéticas se consume en la producción de una sola caloría de energía alimenticia en los sistemas de la agricultura convencional industrial. 

Fig. 1. Máquina aplicadora de agrotóxicos.

El negocio de los agrotóxicos se transformó en uno de los mejores negocios: mientras más se vendía más crecía la demanda.  El suelo altera su equilibrio natural luego de años de aplicación de sales solubles concentradas que son los fertilizantes minerales sintéticos. Esto provoca desequilibrios a nivel de las plantas que se evidencian en ataques de enfermedades y plagas y para esto se aplican productos como funguicidas, insecticidas y hormiguicidas. Estos productos provocan nuevas destrucciones y desequilibrios, nuevos productos son ofrecidos y así sucesivamente. 

El productor ingresa así a un espiral de consumo cada vez mayor de agrotóxicos, sus mezclas y a la incorporación de nuevos principios activos. Esto se conoce como el círculo vicioso de los agrotóxicos

En el ámbito mundial se ha venido tomando conciencia cada vez mayor con respecto a la magnitud de los problemas que este tipo de producción agrícola industrial está causando sobre el ambiente, como producto  de la mala utilización de los adelantos científicos y tecnológicos, sobre todo al  condicionar estos a situaciones de carácter meramente económico, de consumo y a corto plazo

Quizás uno de los rasgos distintivos de la última mitad del siglo XX haya sido la toma de conciencia por una buena parte de la humanidad de la “FINITUD” de nuestro planeta y sus recursos y de la imposibilidad de continuar sosteniendo el "desarrollo" que la sociedad occidental propuso (¿impuso?) como modelo al mundo. A más de cuarenta años de las primeras señales de alarma poco ha cambiado y por el lado que lo miremos, todos los indicadores señalan claramente que la situación empeora día a día. 

La agricultura convencional es un proceso  de artificialización de la naturaleza. Modernamente ha llevado a la simplificación de la estructura del medio ambiente sobre vastas áreas, reemplazando la diversidad  natural por un pequeño número de plantas cultivadas y animales domésticos, destruyendo los equilibrios que pueden mantener una agricultura saludable. Las plagas y enfermedades de las plantas y animales son presentadas como enemigos arbitrarios, implacables, ciegos, que atacan cuando menos se espera y que deben por tanto ser “exterminados”  o “combatidos” en la forma más violenta, fácil, rápida y lo menos costosa (en términos de dinero) posible. 

La agricultura convencional es poco diversa, simplificada y requiere grandes cantidades de insumos químicos externos. El método científico, por disciplinas independientes, nos lleva a estudiar los sistemas agrarios como una caja negra: sabemos lo que entra (insumos) y lo que sale (rendimiento), pero olvidamos lo que pasa dentro y mas allá. La agricultura moderna ha resuelto algunos problemas pero ¿a qué costo? En el mundo se emplean más de 2.000 millones de kg de pesticidas por año, con lo que se supone de pérdida de fauna útil y los problemas de contaminación ambiental, del consumidor y del propio agricultor” (Altieri, 2004).


La especialización excesiva y la utilización de insumos y tecnologías externas al predio, la pobre integración entre los diferentes subsistemas prediales (silvicultura, agricultura y animales), pérdida de variedades locales adaptadas, la erosión de conocimientos referente al manejo de la biodiversidad local, la degradación de la calidad del suelo y del agua, hacen que las unidades productivas “modernas” sean ineficientes económica y energéticamente, aumentando dicha ineficiencia a medida que pasan los años en  producción. 

La agricultura convencional implica la simplificación de la biodiversidad y alcanza una forma extrema en los monocultivos. El resultado final es una producción artificial que requiere de una constante intervención humana. En la mayoría de los casos, esta intervención ocurre en la forma de insumos: agrotóxicos y fertilizantes químicos, los cuales, a pesar de aumentar los rendimientos en el corto plazo, resultan en una cantidad de costos ambientales y sociales indeseables (Altieri, 1997). 

Características de la agricultura convencional
  •  Utilización intensiva de fertilizantes químicos de alta solubilidad (nitrógeno, fósforo y potasio) funguicidas, herbicidas, hormiguicidas, e insecticidas sintéticos
  • Utilización de semillas híbridas y transgénicas entre ellas soja y maíz
  • Visión del suelo desde el aspecto puramente físico (soporte de las plantas) y químico (nutrientes), descartando la vida que hay en él
  • Uso intensivo de insumos externos al predio
  • Mecanización intensa (potencia sobredimensionada y de gran peso)
  • Reducción de mano de obra 
  • Masivo uso de productos químicos basados en energía fósil no renovable (petróleo y rocas fosfatadas, etc.)
  •  Monocultivo y reducción de la biodiversidad
Consecuencias
  •  Mayor inestabilidad, pérdida de la biodiversidad
  • Pérdida del potencial productivo de los suelos (afectando propiedades físicas, químicas y biológicas)
  •  Emigración rural 
  • Contaminación de alimentos (agrotóxicos), del ambiente (ríos, suelos, atmósfera) y de los trabajadores rurales
  • Absorción desequilibrada de nutrientes (por fertilizar el suelo con pocos nutrientes, alimentos desequilibrados nutricionalmente)
  • Aumento de los costos de producción
  • Aumento de la resistencia de malezas e insectos por el uso indiscriminado de herbicidas e  insecticidas
  • Disminución de la productividad del suelo por pérdida de materia orgánica y nutrientes debido a la erosión
  •  Destrucción de la vida silvestre, insectos benéficos y polinizadores 
La producción industrial de alimentos fue vendida y “extendida” por empresas trasnacionales,  organismos internacionales, facultades, organismos de extensión públicos y privados,  cooperativas agrarias, sociedades de fomento e institutos de enseñanza, diciendo que las semillas híbridas, transgénicas, maquinaria, aplicación de agrotóxicos (insecticidas, herbicidas, fungicidas y muchos más biocidas), fertilizantes químicos será la única receta para combatir el hambre y la pobreza actual y futura. La excusa del hambre es un argumento muy loable en principio, pero el hambre no es resultado de técnicas de cultivo nuevas o tradicionales, sino de procesos sociales, económicos y políticos. 

En este sentido a las empresas les preocupa más tener clientes que compren y no pueblos que coman. En la búsqueda de la productividad y la eficiencia a corto plazo, por encima de la sustentabilidad ecológica, en las últimas décadas, estas prácticas han dejado un saldo a nivel mundial de contaminación y envenenamiento donde el pretendido remedio universal (Revolución  Verde) ha resultado ser peor que la enfermedad

Hoy la humanidad produce más alimento y paralelamente hay más hambre y estamos más contaminados a nivel planetario, lo que resulta en una paradoja, además de la pérdida de soberanía alimentaria de país y la privatización de las semillas. Luego de varias décadas de rápida extensión de los “milagros” de la Revolución Verde, tenemos hoy más de 850 millones de personas que pasan hambre en forma permanente, tres cuartas partes de las cuales son campesinos, productores, campesinos sin tierra y trabajadores agrícolas. Más de 2.000 millones de personas de todo el mundo obtienen su único sustento de la agricultura familiar y la pesca artesanal

El paradigma de la agricultura convencional, nos dice y casi sin alternativas, que no se puede producir sin aplicar agrotóxicos,  fertilizantes, semillas híbridas, semillas transgénicas,  tornándose cada vez más dependiente de estos insumos. 

El llamado "proceso de modernización" de la agricultura iniciado en la década del cincuenta con base en la utilización de semillas híbridas, agrotóxicos y maquinaria de alta capacidad operativa, se continúa en la actualidad con la adopción de los cultivos transgénicos (soja, maíz, algodón, colza). 

Esta agricultura industrializada empobrece y margina a millones de campesinos productores de todo el mundo, concentrando el control de la producción y de la venta de alimentos en media docena de multinacionales, tornándose en un modelo de agricultura insostenible. Hemos pasado a un modelo agrícola que envenena y agota la tierra y las aguas, consume grandes cantidades de energía fósil, destruye paisajes y diversidad biológica y supone un grave riesgo para nuestra salud. 

Tenemos suficiente riquezas para todos pero la apropiación y acumulación de las mismas por algunos pocos hace que esas riquezas dejen de estar disponibles para la mayor parte de los humanos que convivimos en este planeta. De la mano de este proceso de apropiación y acumulación llega también la destrucción de riquezas que se realiza en nombre del progreso y el desarrollo. Así, llegamos a un panorama en el que vemos que, en realidad, nuestra sociedad se está empobreciendo día a día. Esta situación se asemeja a aquel cuento en el que el hijo de un hombre rico va a visitar a un campesino con el objetivo de conocer la pobreza y llega a la conclusión de que él y su familia son muy pobres por disponer de tan poco espacio, naturaleza y tiempo para vivir” (Vicente, 2006).